Por qué será Dios del cielo
Que no se resigna el alma,
Cuando nos cambian la calma
por olas de desconsuelo[1]
He dudado en escribir algo sobre el terremoto en Chile, como dudé hasta desistir respecto al que ocurrió en Haití… Comentar “filosóficamente” hechos trágicos tiene algo de ridículo y tal vez incluso indecente, y se presta a malentendidos respecto al sentido de la expresión “filosóficamente”. Y de todas maneras, el que escribe no está en zanjas ni hospitales de campaña, quien tiene la pluma o el teclado no tiene pala ni venda ni maneja camión, lancha o ambulancia.
Por otra parte se somete a dura prueba nuestra capacidad de pensar lo horrible, manteniendo un equilibrio entre lo pensado –un hecho natural y desnudo de intenciones– y nuestra tendencia a acusar y a buscar culpables, transformando en moral algo que tal vez no lo es, tendido entre el sentido y el absurdo de las cosas…
Debo decir que lo que me decidió a escribir es un hecho personal: yo debía estar en Chile en esas fechas, un viaje previsto con mi familia hacia la zona sur, la más próxima al epicentro. Por “azar” (pérdida de un documento), el viaje falló. Surge así este pensamiento, à veces formulado, otras no: “por algo será”. Algunos días después, comenzando a recibir las noticias del terremoto, ese “por algo será” resuena extrañamente y produce una especie de estupor, sin que se forme en la conciencia una interpretación clara de su significado.
Las frases y comentarios respecto a estos “signos” son características de situaciones dramáticas: alguien pierde un vuelo, por atraso u otra razón, y el avión cae, produciendo una masacre a la cual el imprudente viajero escapa “como por milagro”.
Como puede verse ya, la expresión “un hecho natural y desnudo de intenciones”, no es tan evidente. Durante milenios, terremotos, erupciones, o tempestades fueron atribuidos à humores y excesos de dioses poderosos pero no muy sabios. Maldiciones, castigos, venganzas podían dar cuenta de tales hechos. Luego de las revoluciones monoteístas, el poder creador se traslada fuera del mundo y los eventos destructores de la naturaleza (diluvio, plagas, catástrofes) fueron interpretados como “enviados” por los Elohims o por YHVH en las vicisitudes de una alianza difícil.
Poco a poco la teología fue forjando el concepto de Providencia divina, en le profetismo Judío tardío, el Cristianismo y el Islam. Lo que ocurre es obra de un Dios sabio y todopoderoso, que ha previsto lo que debe ocurrir, en un plan mesiánico o apocalíptico que conduce a la salvación ya la realización total de la creación.
Pero el problema terrible para la teología persistió: ¿Cómo entender la existencia del mal y el sufrimiento en un mundo creado por una inteligencia infinita y benefactora? Agustín y luego Leibniz forjaron la “teodicea” o justificación de Dios, la respuesta del pensamiento monoteísta a la existencia del mal en el mundo. La explicación es muy sutil pero puede resumirse (pobremente, como todo resumen) así: el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios debe ser libre; un mundo sin el mal es un mundo sin la libertad; así, aún cuando ello permite el sufrimiento y el mal, el mundo tal como es, es el mejor posible, superior a un mundo posible sin la existencia del mal (como el de los ángeles, por ejemplo).
Ello funciona más o menos bien en lo que respecta al mal moral[2], aquel que puede ser elegido (o evitado) por el hombre libre. ¿Pero, como explicar los males terribles que solo la naturaleza produce? ¿Qué aporta ello a la libertad o a la perfección del mundo creado?
Ese fue el tema que de manera dramática inspiro el famoso poema de Voltaire a raíz del terremoto que devastó Lisboa en 1755. Una carga feroz contra el providencialismo y la metafísica de un orden del mundo. Primero a la idea de la justicia y el castigo divinos:
“Que crimen, que falta cometieron esos niños, aplastados y sangrando sobre el seno materno. / Lisboa, que no ya no existe, ¿tuvo más vicios que Londres o Paris, sumergidos en sus delicias?”
Y luego contra la metafísica del orden del mundo:
“Todo está bien, dicen Uds., todo es necesario. /Cómo! ¿El universo entero sin ese abismo infernal,/ sin tragarse Lisboa, habría sido peor?” Sin respuesta a las preguntas, Voltaire constata que “la naturaleza es muda, la interrogamos en vano”. Sin llegar a decirlo, Voltaire sugiere que Dios también es mudo, sus sabios son ignorantes y el género humano no tiene más que la esperanza sin que la ilusión le sirva de consuelo.
Rousseau contestó en una carta que el lúcido Voltaire se velaba la faz si no veía en ello más que azar ciego, exento de torpezas humanas: terremotos hay en los desiertos sin que nadie se entere, quién obligó a los hombres a acumular miles de casa de seis o siete pisos. El filósofo francés Jean-Pierre Dupuy[3] analizó todas las sutilezas de esos intercambios en un conciso ensayo escrito después del Tsunami que devastó las costas indonesias en 2004[4]. Allí se muestra como la respuesta de Rousseau da origen al largo linaje de posiciones acusadoras: encontrar una (mala) voluntad humana en todas las cosas trágicas. Aún cuando el tsunami aquel fue ocasionado por un terremoto submarino (¿qué puede el hombre en tales profundidades?), como el de Chile: placas tectónicas que se encastran a varios kilómetros bajo la tierra (!).
Aún así, de una manera sorprendente, rápidamente la culpa de tantos muertos y mutilados se le atribuye a la pobreza, la injusticia; los que pagan más duro tributo son siempre los olvidados, los marginados del progreso. Cuando no se vierte la ira contra las autoridades, siempre lentas en reaccionar: errores de prevención, falta de equipo, ineficiencia en el socorro de las víctimas, inercia, favoritismo y falta de lucidez…
Tal como Rousseau: ¿Por qué haber construido Lisboa (o Concepción, o Curicó) tan cerca del mar o en zonas sísmicas? ¿Por qué haber dejado habitantes en edificios anticuados, construcciones modestas, albergues frágiles? ¿Por qué no haber aplicado rigurosamente las normas de construcción antisísmicas?
Es verdad que si se consideran las bellas y modernísimas torres de aluminio y vidrio sin daño alguno, las rutilantes residencias, lo que Víctor jara llamó un día “las casitas del barrio alto”, donde los daños son ínfimos, ello no se puede ignorar completamente.
¿Cuál es entonces la verdadera causa? ¿La naturaleza, la inestabilidad de las capas de nuestro planeta? ¿O bien el hecho de que no se hayan tenido en cuenta? ¿O aún el hecho de la pobreza, las desigualdades de habitación, el acceso difícil al progreso? ¿O también la pretensión humana de imponerse à la naturaleza, el deseo prometeico de dominar los elementos, que por cierto se considera a la base de la desarmonía ecológica actual?
Una observación general: en esta lista ya nadie incluye la justicia divina o la maldición del destino ni nada de orden sobrenatural… Ni la Providencia ni la fatalidad, ni la rueda de la fortuna ni los astros tienen (seriamente) la palabra.
Solo el azar gira como un trompo en medio de un inmenso signo de interrogación. Pero no explica nada.
Tal vez es una de las causas de la dificultad de aceptar las cosas y una de las razones de la pronta búsqueda de culpas humanas… nos quedamos sin voz, el sinsentido de las cosas se vuelve insoportable. Tenemos una dificultad inmensa a aceptar sin más lo trágico de la existencia, sin explicaciones, sin culpas, la “inocencia del devenir” de la cual hablaban Heráclito y Nietzsche.
Podemos decir que tanto Voltaire como Rousseau tienen razón: es indecente, según el primero, atribuir tanto dolor y desgracia a algún designio misterioso) o justicia divina (“los caminos del Señor son insondables”, se decía antes) y tenemos que hacer duelo de la armonía cósmica. Por otra parte, para el segundo, tenemos una buena dosis de responsabilidad en lo que nos ocurre: jerarquías, desigualdad, vanidad y egoísmo hacen que los embates de la naturaleza sean más dañinos y terribles que lo que fueran para nuestros ancestros que vivían cerca de la naturaleza, en habitaciones ligeras, respetando océanos y volcanes, bosques y ríos…
No es difícil tampoco atribuir la entrada de un maremoto a la desertificación del litoral, un aluvión a la tala de árboles y, evidentemente, el derrumbe de edificios a la urbanización frenética y a la concentración de la población. Seguro, en todo caso, que el saqueo de casas dañadas (robar comida en supermercados se comprende fácilmente, ¡pero los televisores no se comen!), la represión policíaca que lo sigue, el toque de queda y otras lujos, no se le pueden atribuir ni a la naturaleza ni a los oráculos.
Tal vez me equivoco desde el comienzo y mucha gente sigue pensando en castigos divinos, mensajes cósmicos o signos de una sabiduría oculta… me parece escuchar el eco de tales pensamientos en reflexiones como “la tierra nos quiere decir algo”, cuando tempestades y huracanes pueden atribuirse (sin mucha prueba, pero no importa) al desarreglo climático, calentamiento y polución… Y en el famoso “por algo será”.
Pero el acontecimiento geológico subterráneo ¿qué podría decirnos? ¿Qué significa ese “algo” del “por algo será”?
La frase contiene dos dudas y una suposición. Las dudas: el “algo”, que no se sabe lo que es, y aún el “será”, extraña forma –condicional y futura – del español popular, como conteniendo sin necesidad de escribirlo el signo de interrogación. Y sin embargo el “por” supone, presume, sospecha una razón, una finalidad, una causa…
La ambigüedad viene de lejos, de una confusión que Aristóteles no habría hecho, ya que distinguía la “causa eficiente”, aquella que nosotros llamamos normalmente causa: la fuerza que empuja algo, que precede el movimiento –que nosotros llamamos “efecto”– de la “causa final”, que nosotros llamamos razón o finalidad de las cosas (¡cuando la tienen!).
Un viejo axioma de la metafísica, cuyo nombre impresiona (“principio de razón suficiente”) dice que todo tiene una razón de ser. Poco a poco la metafísica, como los dioses, como la transcendencia, se fue alejando lentamente de nuestras vidas, y mezclándose así imperceptiblemente la idea de razón o con la de simple causa, el para qué con el porqué de las cosas. Conocemos la causa de un terremoto: la presión gigantesca de placas tectónicas una contra otra hasta que el equilibrio se rompe. Pero no conocemos la “causa final”, la razón de ser… nos queda la sensación de un mensaje incomprensible, como si, desde hace milenios, se hubiera perdido el código para descifrarlo.
“Por algo será” es todo lo que nos va quedando de la idea de Providencia divina o de sentido del destino o razón de la historia.
La tierra tiembla… Nada más extraño para el ser humano que camina por su superficie y que edifica su morada en “tierra firme”, entre suelo y firmamento, que lucha contra lo efímero de todo, guardando memoria, monumento, símbolos y banderas… ¡Qué situación incomprensible cuando esa tierra, el suelo, la base, el fundamento sólido de su existencia se pone en movimiento, ondula como el mar, se agita como un animal herido, se tuerce, se agrieta, se abre, con estruendo y furia!
Y luego del terror y la muerte vienen dolor, desolación, hambre, pena, desesperación, abandono e impotencia…
Sin embargo todo ello también despierta coraje, generosidad, inteligencia y voluntad; todo lo que se necesita para socorrer, aliviar, dar y consolar; para afrontar, evaluar, decidir y actuar; para limpiar, reparar, re-establecer y reconstruir. Todo ello existe, es tan verdad como la cobardía el oportunismo, el cinismo y la indiferencia, la crueldad, el orgullo y la estupidez.
¿Cuál puede ser entonces el sentido del mensaje telúrico, la voz de lo que no habla, la enseñanza de lo que no piensa, la intención de lo que nada quiere?
Tal vez simplemente recordarnos lo que somos. Nosotros, que hablamos, que decimos, que pensamos y que queremos, habitantes de un universo sin propósito ni fines, no podemos impedirnos de prestarle fines y propósitos.
Un espejo que se quiebra nos devuelve una imagen fragmentada; la tierra, en cambio, cuando se quiebra, se vuelve espejo fiel de lo que somos.
Cuando la tierra tiembla, el hombre que no tiembla es el más necesario… o el que, temblando, igual afronta lo terrible, cara a cara.
Cruel paradoja del ser pensante: lo más duro es cuando lo duro cede, lo más fuerte es cuando lo fuerte falla; ¡debilidad del ser mismo! Es entonces que la verdadera fortaleza se revela, aquella que solo nuestra fragilidad contiene, como un tesoro, como un secreto.
El mayor sinsentido de las cosas, ese gigantesco acontecimiento tectónico, evento ciego y mudo de la roca oscura, nos devuelve, paradojalmente y sin quererlo, el sentido y la luz de tantas cosas.
La amistad, la cercanía de los seres sensibles, la simplicidad de un techo, la bendición de una mesa con pan (¡Cuantas oraciones lo mencionaban hasta que fuese olvidado!), la cálida hospitalidad de los humildes hogares, la dulzura una mano tendida, la serenidad de los atardeceres sin marejadas, la caricia de una mirada, la posibilidad improbable del amor, esa inmensidad… ¡Insensata robustez de la esperanza!
“Por algo será”.
Una duda persiste, sin embargo: ¿qué sentido puede tener el viaje fallido, el vuelo perdido del avión que cae? ¿Qué puede ser ese “algo”?
¿Se puede sensatamente decir que “algo” nos protegió, un ángel, un soplo divino, una bendición?
Pero ¿Quién puede entender que la misma mano que nos protegió a nosotros hundió a tantos otros en un abismo de sufrimiento? ¿Por qué el soplo divino que impidió a alguien embarcar, devoró a todos los que embarcaron, sumergiéndolos en una fosa sombría de muerte y de soledad, o los desintegró en un alarido de fuego y terror? ¿Qué bendición puede venir a algunos y luego maldecir a tantos otros?
¿Qué dice el que maldice y bendice en el mismo decir? ¿Qué ángel haría una cosa tan horrible, una mascarada tan funesta?
Hay algo impúdico y contradictorio en considerarse protegido por un designio divino pero también algo ingrato y violento en no reconocer que se es así afortunado…
Una vez más Voltaire tiene razón aquí; o Nietzsche o Sófocles o Borges. Un vidente enceguecido, un laberinto, un enigma de esfinge giran en torno a las cosas humanas, “llegando y despidiendo, en el advenimiento del otoño…”[5].
¿Las palabras las ponemos nosotros o somos hijos del Verbo?
Orfandad del sentido, pero también paternidad de la razón, maternidad del sentimiento, hermandad de los seres, vecindad del ciudadano… Todo es pregunta. Solo la acción tiene fuerza de respuesta: el que puede ayudar deja, por un momento, de interrogarse sobre la razón de las cosas.
Sea lo que sea, tarde o temprano, de una o de otra manera, después del estruendo todo calla; solo el silencio da cuenta de lo incontable, un parpadeo del infinito, un capullo, una verdad, y todo puede volver a nacer.
Aunque nunca nada será como antes, todo será. Porque el silencio que envuelve la muerte es el mismo que permite el canto de la vida.
[1] Violeta Parra, canción de 1965.
[2] Salvo en el caso de crímenes contra la humanidad. El caso de la Shoah es analizado en un opúsculo tan impresionante como breve de Hans Jonas: El concepto de Dios después de Auschwitz, 1984.
[3] Conocido por su obra Pour un catastrophisme éclairé, Paris, Seuil, 2002.
[4] Jean-Pierre Dupuy, Petite métaphysique des Tsunamis, Seuil, 2005.
[5] Esta extrañísima frase pasa casi desapercibida, al comienzo del poema monumental de Neruda, Alturas de Machu Picchu.

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« Como bien dices, las placas tectónicas no tienen que ver con la filosofía. Digamos que contribuye a este elemento de arbitrariedad con la cual toda vida humana debe intentar, de alguna manera, vivir. Mientras que las religiones buscand por todos los medios a dar un sentido a los acontecimientos, la tarea de la filosofía no es, justamente, ayudarnos a aceptar esta parte inevitable de la arbitrariedad? No hay nada sin causa; pero hay cosas sin razón. ¿No es esta la primera tarea de la filosofía, la búsqueda de la sabiduría en lugar de un pasatiempo o una materia académica? »
Según la ex-Jefa del Estado: « Chile no se merecía esto ».
Es una reflexión curiosa viniendo de una atea, de esas que, como su predecesor, el antiguo alumno de la Escuela Primaria Anexa al Liceo Experimental de la Universidad (a quien algunos denominabamos entonces « El Ser Supremo ») aprendió a decir (supongo que con la ayuda de los padres jesuitas) que no tenía « el don de la fe ».
Menciono este detalle como contraejemplo menor de tu « Observación general ».
Pasa, mi querido Filósofo de la Flauta Traversa, que mientras peores condiciones materiales de existencia tienen las personas, más urgente se vuelve para ellas la búsqueda del sentido.
Por eso, en las etapas primitivas de desarrollo del proceso productivo, es decir, hasta más o menos el terremoto de Lisboa (antes de que la eclosión de las técnicas y ciencias modernas comenzaran a sacudir las placas sobre las cuales descansaban nuestros autoentendimientos anteriores), las religiones y otras visiones literarias ofrecían consuelo a tantos.
Pero entre el terremoto de Lisboa y hoy, la humanidad pasó de algo menos de 800 millones a unos 6.600 millones. Y de esos, más de mil millones viven hoy con US$ 25.000 o MÀS (¡y pregúntale a los amigos del club que apenas admite a Piñera, cuánto màs)…
y estas últimas personas buscan el sentido en los bienes y servicios que pueden adquirir con sus medios (incluidos, por ciertos, en ciertos ratos y para ciertos propósitos… ya no como panacea, los bienes y servicios religiosos)…
¡ese es, me parece a mi, el verdadero terremoto de nuestros tiempos!
¿qué podemos aprender de él?
He ahí una pregunta de corte filosófico genuino.
¿sabes? le decía en el ocaso dorado de mi juventud e hinchado de arrogancia LMS a mi último supervisor oxoniense: « for, of course, Bill, YOU are philosophically irrelevant »… (también, por cierto, los antisemitas de Voltaire y Heildegger, Aristóteles, Russell, Wittgenstein… y todos los individuos en tanto tales, incluido « un servidor », en el entendimiento antiguo de ese ruido).
ese, me parece a mi es, como decimos los judìos en la mañana, « reshit da’at » (el comienzo de la sabiduría)…
reshit da’at irat shamaiim… el comienzo de la sabiduría es el temor de los cielos…
DEL LOS CIELOS, y no de la Madre Tierra porque, como sabemos, en ese primer terremoto teológico que es una raíz última de la ciencia moderna, Paccha Mama, malgré la theorie du género, se fue a la chucha, siendo reemplazada por Avinu She-Ba-Shamaiim… Nuestro Padre, que está en los cielos…
con el cariño de medio siglo se despide, tu amigo, El Filósofo del Humor (título, no me malentiendas, me regalaron mis adversarios en la ratonera universitaria de la cual no logro salir)… ja, ja…